Psicoterapia desde una perspectiva relacional, “Aquí estamos dos”

Durante mucho tiempo en la psicoterapia se ha considerado el trabajo con “una-persona” y su problemática psicológica, como el objeto central de la terapia, lo cual no sólo está obsoleto, sino que dista mucho de la realidad que vivimos los terapeutas cada día en nuestra consulta.

Los psicólogos no somos un ente objetivo, neutro, carente de emocionalidad…, al contrario, tenemos nuestra propia subjetividad, nuestro propio inconsciente y nuestra historia de vida, en definitiva, somos personas.

Gracias a los avances de distintas perspectivas, a día de hoy el trabajo terapéutico no considera al “paciente” como el único cuyo psiquismo se pone en funcionamiento durante la sesión de psicoterapia, sino que, ahí estamos los dos, “paciente y terapeuta”. Esta es la perspectiva relacional: psicología de “dos-personas”, en contraste de una sola persona del psicoanálisis clásico.

Como terapeutas no somos observadores objetivos, influimos sobre lo que sucede en la consulta con nuestros pacientes. Esto tiene implicaciones para nuestro trabajo clínico, además de su compresión epistemológica. Nos ayuda a entender que la neutralidad del terapeuta no es sólo indeseable clínicamente (demasiado fría, distante, crítica…)- sino que también es imposible. Ambos, terapeuta y paciente, contribuyen inevitablemente a lo que entre ellos emerge durante la sesión.

Pero incluso, podríamos ir más allá. La vida no consiste sólo en situaciones de “dos-personas”. Vivimos gran parte de nuestras vidas en grupos de iguales, grupos de trabajo y otros contextos multi-personales que influyen profundamente en cómo nos sentimos acerca de nosotros mismos y de nuestras vidas.

El contexto relacional y el mundo interior de cada uno (cómo pienso y siento), co-evolucionan y continuamente se modifican y recrean mutuamente. Esto significa que el mundo interior no es fijo y estático; si lo miramos de cerca, podemos ver que no está cerrado a la experiencia cotidiana, sino que está evolucionando constantemente en respuesta a los cambios de esa experiencia cotidiana. Necesitamos entender el comportamiento y la experiencia en un contexto.

Pero, la experiencia no es sólo una esclava del contexto. La dinámica del mundo interior -y de su expresión conductual y emocional en la vida cotidiana- pueden mantener el contexto en gran medida igual, impidiendo así el cambio terapéutico.  Y aparecen los temidos “círculos viciosos”, la “compulsión a la repetición”…, que pueden hacer que todo un trabajo terapéutico se ralentice.

Por eso, necesitamos ser activos con los pacientes, animarles a hacer cambios en la realidad, ellos necesitan vivir experiencias en sus contextos reales, y no solo en la consulta, para que su mundo interno cambie la visión de sí mismos, de sí mismos con los demás, y de los demás. Si sólo analizamos, escuchamos, pero no intervenimos como “persona-terapeuta” en este trabajo de “dos”, es probable que los cambios no se integren en la vida cotidiana del paciente y en su interior.

 

Miriam Benhamu

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