“¿Qué te pasa?” – “Nada”

El maltrato psicológico en la vida cotidiana

Cuántas veces hemos hecho esta pregunta, preocupadas, confusas, angustiadas incluso…, ante un gesto, una mirada, un silencio, un cuchicheo con golpe de mesa, y la respuesta ha sido esa “NADA” absoluta, fría, incoherente con lo percibido, vacía…; pues bien, si esto te ha pasado “repetidamente”, es probable que estuvieras ante un perverso narcisista siendo víctima de su acoso moral. Y cuidado con insistir…, entonces no sólo puedes ser tildada de “pesada”, si no también de “paranoica”, de ver cosas donde no las hay.

Con este artículo quiero introducir un tema de vital importancia, puesto que afecta considerablemente a la salud física, psicológica y social de muchas personas que lo sufren. Además, está socialmente oculto, es sutil, latente y está permitido e incluso reforzado en muchos entornos profesionales, sociales y familiares. Lo cual hace que sea mucho más dañino y traumatizante para la víctima, que se encuentra desamparada ante tal sufrimiento.

He querido entrecomillar el “repetidamente” anterior, ya que todos y todas en algún momento hemos recurrido a esa respuesta, en un estado de enfado pasajero, ante una situación puntual que nos provoca vergüenza, etc. Pero no se trata de esto a lo que me voy a referir.

Quiero aclarar primero dos conceptos muy importantes, ya que se trata de un lenguaje técnico del que no quiero prescindir: “ACOSO MORAL” y “PERVERSO NARCISITA”.

 El acoso moral o psicológico

Es la situación de convivencia patológica en la que alguien destruye a otro con palabras, ausencia de ellas, miradas, humillaciones e indiferencia de manera persistente y prolongada. Se define como la forma específica de atentar emocionalmente contra la integridad de una persona con quien se mantiene una relación interpersonal, ya sea en el ámbito social, laboral o familiar y de pareja. Se desestabiliza psicológica y emocionalmente a la “victima” deteriorando gravemente su calidad de vida.

Llamaré “víctima” a quien recibe esas conductas, puesto que ese tipo de destrucción es un acto de “violencia”; por lo tanto, quien la ejerce es un “maltratador”. Utilizaré el femenino para la víctima y el masculino para el maltratador, porque por estadística y por mi propia experiencia clínica y personal, a mi lóbulo parietal y a mis dedos les resulta casi innato a la hora de escribir estas líneas.

El perverso narcisista

La PERVERSIÓN es una estructura de personalidad carente de empatía real. Se trata más bien de una empatía “utilitaria”, pues solo reconoce las necesidades del otro en la medida que sirvan a su propio beneficio. No proviene de un trastorno psiquiátrico, si no de una fría racionalidad que se combina con la incapacidad de considerar a los demás como seres humanos que sienten, piensan y actúan de manera propia y separada de uno mismo.

El PERVERSO sabe cómo seducir al grupo, conoce sus límites y frena su acción cuando percibe que puede ser descubierto. Además, es NARCISISTA puesto que bajo la influencia de su “grandioso yo” (en realidad compensatorio de un “yo” muy débil y deficitario), intentan crear un vínculo con un segundo individuo, atacando muy especialmente su propia imagen de integridad con el fin de desarmarlo. En otras palabras, atacan el amor propio de los otros, su confianza en si mismos y su autoestima, haciéndolos creer que necesitan de la relación con el perverso y que es un vínculo irremplazable, así como que son ellos los que lo solicitan, reforzando la dependencia y cerrando así el círculo al que se encuentra sometida la víctima.

Para entender esto un poco más… Todos nosotros, como he mencionado al principio, podemos utilizar puntualmente un proceso perverso- por ejemplo, en un momento de rabia-, pero también somos capaces de pasar a otros registros de comportamiento (nos sentimos culpables de corazón al ver sufrir al otro por nuestra causa y tratamos de reparar un daño de manera sincera, por ejemplo, o bien al menos nos cuestionamos lo que sucedió). Igualmente, podemos recibirlo ocasionalmente sin que esto nos suponga un daño emocional, más allá del mal rato que podemos pasar. Es cuando se repite en el tiempo, a lo largo de una relación de años, cuando causa un daño grave y permanente que ha de ser tratado por especialistas.

Un individuo perverso, en cambio, es permanentemente perverso; se encuentra fijado a ese modo de relación con el otro y no se pone a si mismo en tela de juicio en ningún momento. Aunque su perversidad pase desapercibida durante algún tiempo (más adelante explicaré su manera infalible de seducción), se expresará en cada situación en la que tenga que comprometerse y reconocer su parte de responsabilidad, pues le resulta imposible cuestionarse a sí mismo.

Es tal su inseguridad y su debilidad yoica (por eso la grandiosidad narcisista es un mecanismo compensatorio), que solo pueden existir si “desmontan” a alguien: necesitan rebajar a los otros para adquirir una buena autoestima y así adquirir el poder, pues están ávidos de admiración y aprobación. No tienen ni verdadera compasión ni respeto por los demás, puesto que su relación con ellos no les afecta. Lo que muestran al respecto es sólo a nivel normativo, lo han aprendido para relacionarse. Respetar al otro supondría considerarlo como ser humano y reconocer el sufrimiento que se le inflige.

Estos mecanismos en el perverso narcisista, si bien parten de su gran capacidad de racionalización, están protegiendo en ellos una posible estructura psicótica o depresiva, es algo muchas veces inconsciente que ellos mismos no pueden controlar, y que a su vez viene de unas figuras parentales con el mismo problema. Esto quiere decir, si no actúan así, se angustian o se deprimen de una manera que sus mentes no podrían soportar.

Por eso es frustrante y agotador el vínculo con un perverso narcisista, tanto que la víctima entra en estados ansioso-depresivos importantes. La comunicación con él supone estar atrapada en un bucle, en un laberinto sin salida, cuyas necesidades emocionales y sentimientos son continuamente negados, vueltos contra sí misma.

Como en la relación el perverso jamás se hace cargo de su parte, jamás reconoce nada, la víctima se siente la única inadecuada, la emocionalmente inestable, la que interpreta de manera distorsionada la realidad, porque “son cosas tuyas, no he dicho nada, no he puesto ningún gesto, no he sugerido, no sé de qué me hablas, deja ya de meterte conmigo…”. Y así se encuentra encerrada en escenarios donde percibe una realidad que siente y es pensada, y es actuada, pero que no encuentra como integrar en su vida, sintiéndose cada vez más confusa y desvitalizada.

En los próximos artículos escribiré acerca de la comunicación perversa, la seducción, las consecuencias psicológicas en la víctima y las estrategias de tratamiento psicológico, pues aunque es difícil despertar de la pesadilla, también es posible aprender a detectar señales de cuando estamos siendo víctimas de la respuesta “NADA”.

Miriam Benhamu del Cura

Fuentes:

  • “El acoso moral”. Marie-France Hirigoyen
  • “Los perversos narcisistas”. Jean-Charles Bouchoux

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